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 Tienes que volver ahí arriba y pelear duro
otra vez
y otra, y otra más, y otra, y otra, y otra...
Esa certeza que siempre abrazas desde el suelo de que volverás a erguirte a pesar de todo a darle al mundo su merecido, es la que amortigua luego la próxima recaida.
Algo de lo que sentirse orgulloso, o al menos a no hundirte nunca del todo.
El broche sería, dejar luego de zancadillearte tú mismo.  Mientras una de las gaviotas desmiga su presa las otras dos la miran desafiantes esperando un descuido, una oportunidad.
Resulta que antes, al volver de faenar las aguas los marinos arrojaban por costumbre las sobras de pan por estribor, para alimentar a los peces, decían, para engordarlos cuando llegue mañana.
Y ahora, a eso del atardecer, todos los días se acerca el viejo a lanzar desde las balconadas del Paseo mendrugos de pan a las gaviotas, haciendo de ese pequeño homenaje una condena llevadera, una retirada lenta.
...
No se trata en cualquier caso del típico viejito bonachón de banco, parque y palomas; me digo mientras le escruto.
Más bien es un tipo desairado, curtido y soberbio, que se resigna con elegancia a esa etapa de la vida en la que los horizontes ya quedan a la espalda
Desde los dieciseis hasta los sesenta me cuenta el tipo haber vivido domando las tempestades del azul
Y me lo cuenta manteniendo en todo momento un pulso firme con la mirada, hacía los confines del puerto de La Caleta
...
Y se larga al rato sin apenas despedirse, tras espetar un "si usted supiera..." con aires solemnes pero honestos, a mi comentario de que habrá vivido, por cojones, un montón de experiencias allá adentro en las entrañas del mar.
Allá adentro, aun imagino mientrás se aleja: en las malditas entrañas de uno mismo.
En las insondables entrañas del cada quien.
 Estaba hermosa sentada en el segundo escalón del Cine Montalbán compartiendo el humo del hachís y sus miedos a no ser nada en la vida
Renegando de sus suertes cuando despues de mucho empeño lo habia conseguido ser todo a ojos de los demás:
prestigio laboral en los mundos del bisnes, y un marido ejemplar
Estaba hermosa pretendiendo que yo la convenciera de que cambiase de vida y de suertes sobre el escenario, en plan de "aun estas a tiempo no seas tonta que treintaytres años no son nada"
Fantaseando nuevas vidas sin entender que resulta ventajista aspirar a cambiar de guión a las siete de la mañana de un martes, cuando descansas al día siguiente y al final de cada mes disfrutas de un sueldo de cinco cifras
Lo dificil es hacerlo a esa misma hora cuando te toca ir a trabajar y recien levantada avanzas legañosa a tientas por la habitación, para no despertar al padre de tus hijos
Lo dificil es ser consecuente y dejarlo todo sin tener donde caerte muerta, aceptando que en realidad no era tan sencillo ni siquiera caer en la cuenta
Y yo a esas horas me sentía viejo para andarle contando cuentos, sabiendo que al final los dragones siempre gozan de impunidad en los juzgados, que el pueblo sueña con prenderle fuego a las gobiernos, y que las princesas en el fondo no quieren dejar de ser princesas
Por muy hermosas que se pongan cuando se mienten a si mismas.  Si sigues por ese plan mejor será que le des a otro la escuadra y el cartabón, que yo vengo ya sobrado con este compás que me marco de trazar mis suertes a mano alzada
no te lo tomes a mal mujer,
pero es que no es mi estilo ese de andar entonando cantinelas como si fuera un juglar malherido,
soltarte el rollo sempiterno de que te quiero mi vida, como nadie te ha querido y como nadie te querrá
¡Si yo a lo más que aspiro es a que no me duelan las mañanas!
Y a borrarte si acaso las penas con la lengua...  Hay unas pocas máximas, no demasiadas en realidad ni necesariamente insalvables, que he venido aprendiendo por mis veredas de canciones, pedradas y cristales rotos,
una de ella es que el talento no esta tan estrechamente relacionado con el éxito como nos quieren hacer creer, ni siquiera cuando tratamos se suplirlo con sufridas repeticiones y trasiegos de esfuerzo y voluntad inquebrantable
-para conseguir ese trabajo no necesitas un gran curriculum, necesitas un buen contacto-
otra es que si no se atajan bien las causas del sufrimiento seguiremos inevitablemente perpetuando sus consecuencias hasta el límite de nuestra terca estupidez humana,
-mientras nos maltratamos cotidianamente el higado, el corazón y los pulmones-
y una última pero no menos importante, es que un mínimo de lucidez a la hora de entender como funcionan los engranajes, tal vez no proporcione grandes satisfacciones, pero a la larga nos ahorrará por lo menos media docena de hostias.
El resto en realidad son trucos fáciles para sobrevivir con un mínimo de serenidad y alegría estoica,
lecciones como que a la hora de ir al espigón a pescar a mano la boya tiene que distar lo menos medio metro del anzuelo y la carnada,
o que cultivar la tristeza es cosa de cobardes.  Creo que fue a eso de los doce, que dejó de creer en Dios, y que un par de años después mató a su padre a los ojos del señor Freud.
Luego recién cumplidos los diecisiete su simiente fue pasto de un amor ingenuo. O sería quizá ese amor ingenuo, pasto de su simiente. El caso es que fue un mal polvo.
A los diecinueve se fue de casa, volando desde el cascarón hacía nuevos nidos de alquiler, con facturas siempre pendientes y cortes de electricidad por impago. Pero a menudo con una mochila de ´tapergüers´ a la espalda.
Pospuso la Universidad para más adelante al paso siempre difícil de la veintena y sus vientos de veletas, pospuso la Universidad para más adelante como una de esas novelas gordas, que se dejan postergadas para otro momento, para otro momento mejor que tal vez no llegue nunca.
El tabaco entretanto, y tal y como suele decirse, lo abandonó a menudo y para siempre.
También a Andrea, y también por parte de Andrea mediarían historias de abandonos. Hasta que con veinticinco otoños decidieron abandonarse mutuamente. Apostar a otro caballo perfecto, hacer las paces y dejar de correrse.
Cuando al tiempo y ya con ganas se hizo con su titulo de Humanidades, -falseado por el mismísimo Rey-, lo utilizó como Pasaporte y optó por dejar el país por curiosidad antropológica.
Eso haría que a su regreso decidiera que no necesitaba más el televisor en casa. Abandonándolo junto a una escombrera.
Y ahora, que es asquerosa y serenamente feliz habiendo abandonado hasta los espejos, se asoma a la treintena con ganas de partida.
Otra vez sin mecheros en los bolsillos, arrastrando sin prisas, pero con ganas los mismos zapatos viejos,
planeando nuevos abandonos;
y admite que sigue bebiendo a morro desde el tetrabrik, el zumo concentrado de naranja, intuyendo algo de virtuosismo en los posos de su inmadurez.
Y se encoge de hombros mientras lo piensa...  Otra navidad inmolándose al paso de alguna una iglesia nigeriana,
nuevos muertos engrosando la lista de los mismos muertos de siempre
como si al sur le sentará mejor la muerte que al norte,
y al norte le sentara mejor el turrón de Suchard
 Tal vez lo mejor sea despojarse de las emociones inútiles, sacudirse los miedos de baja intensidad empapar las derrotas en un líquido inflamable, mantenerse a 67 pulsaciones por minuto habrá entonces que relamerse el prepucio por costumbre y no tanto las heridas por defecto, recrearnos en el pasado solo el tiempo necesario para apuntalar un par de notas mentales, rescatar algún que otro verso ignífugo, arrojar otra cerilla ardiendo a cámara lenta cuidándonos en cualquier caso de olvidar que la vida es siempre celulítica, que todo Dios arrastra a su manera corazones impostados al borde de la boca, sueños increíbles que no hay quien se crea, delirios complacientes para mañana, que hoy se pudren en el Olimpo de cada azotea y aun a pesar de los romanticismos muertos podremos evitar un par de incendios venideros, aprendiendo a encajar los golpes con el estómago, endureciéndonos la corteza como pan de ayer, aspirando a más pero contentándonos con menos, persiguiendo realidades en vez de imposibles siempre sin pausa y siempre sin prisa aceptando que el dolor es inevitable solo mientras duele, y que la vida es un chiste malo con el que al menos echarnos a reír, sin esperar que la radio anuncie que por fin es viernes  Octubre me recoge en su regazo me resguarda entre las hojas caídas de mis cuadernos caducos de otros otoños más sibilinos si cabe, más venenosos todavía
Así que corre, ven y muérdeme las penas antes de que llegue la vendimía y se me marchiten parasiempre las ganas de lamerte.  Por más que me empeño en domarme a mi mismo,
que cojo y me entrego a las bondades de la sensatez, al deporte, la lectura, a la dieta mediterránea…
tarde o temprano siempre acabo por claudicar.
Por más que me enorgullezco de alicatarme mis días al gusto a golpes de perseverancia y a fuerza de escroto,
de sobrevivirle a tantas convenciones sociales sin tener que mercantilizarme,
por más que me crezco, acabo por ceder. Acabo por
caer.
Tal vez sea cosa de la doble hélice, de un desorden nucleótido, y una predisposición genética autodestructiva y canalla, pero por más que trato de evitarlo, cuando todo va demasiado bien necesito escapar de tanta pulcritud y enterrar las buenas costumbres.
Transformarme en instinto puro, hacer trampas hasta consumirme.
Y arrastrarte conmigo.  Padezco hoy un estatismo inquietante, una contradicción que siempre cae de canto, un diagnóstico más reservado que nunca
desprecio el ilusionismo por receta, la de todos esos prestidigitadores que desde su atril disfrazan de primaveras los otoños que se esconden en la manga
empatizo mejor con esas liebres atrapadas tras la escena, que no distinguen los martes de los viernes y se entregan a fornicios de chistera
me digo a mi mismo, que esto va de pragmatismos
que debería aprender a conjugar las recaidas con el equilibrio, pero me vengo abajo a la media hora y cambio de estrategia por temor a la medianoche
así que me presto a las respuestas fáciles, al mutismo ajeno y a la codeína, a reprogramar mi alma en modo verbena
a mantenerme a fin de cuentas, lejos del alcance de mis propias balas  La melancolía es un payaso triste,
una amante turbia y peligrosa,
un preterito sugerente e imperfeco que te secuestra y te retiene dentro de ti mismo.
La melancolía es un disparo del pasado,
un simulacro de verdades que hoy desde luego, no te convienen.  La gente por lo general se va acostumbrando a paladear el sabor de sus derrotas.
Empiezan por decirse aquello del “¡Bueno! Es solo por un tiempo, hasta que encuentre algo mejor”
Un trabajo más gratificante, una novia más atenta, unos amigos más afines. Un perro que no se mee al bajarlo por las escaleras.
Una vida que nunca llega si uno no está dispuesto a magullarse un poco...
Y con el tiempo muchos se van borrando. Apagándose como la lumbre de las candelas.
Bajan los brazos resignados y postergan para siempre la lucha contra sus circunstancias.
Caminando como lemmings hipnóticos hacia el otro lado de la pantalla.
Y en el peor de los casos, enorgulleciéndose en sociedad de la ingente cantidad de mierda con la que han acabado por sepultar al niño que llevaban dentro.  Sostén esa sonrisa. Sostenla mientras puedas sin titubear.
Y cuando te veas de nuevo envuelto en calma. Cuando la vida burlona e indescifrable como siempre es, se postre sumisa a tus pies dejándose asir de la cintura. Relájate. Y disfrútalo.
Antes de que vuelva ELLA disimulando la vergüenza y los silencios, con aires de ciclón. Robándote la paz, las horas y la cazadora.
Sostén esa sonrisa cabrón, que estas de enhorabuena.
Al menos a estas alturas sabes que tan solo se trata de escribirle a las ausencias para apaciguar la caída.
De dormir un poco y pasar página.  No hay grandes verdades,
no hay premio final (ni de consolación tampoco), no hay ideologías que no adolezcan de si mismas, ni dioses, ni más milagro que el de lo improbable,
no hay segundas oportunidades, porque en realidad, no hay siquiera primeras oportunidades;
no existe filantropia que aguante más de tres asaltos sobre la lona,
hay muy poco amor y demasiado romanticismo,
naúseas pandémicas disfrazadas de autocomplacencia por doquier,
suicidas y sicarios compartiendo la mesa,
civilizaciones enteras brindándose "¡Salud!" con copas de cicuta.
En realidad no hay demasiado por lo que valga la pena partirse la cara, y tal vez sea esa una buena razón para intentarlo...
Tal vez no...
No hay grandes verdades.  Uno sabe, pero se olvida de que sabe, que nada es para siempre*
Y esa es la única artimaña posible para sobrevivir sin subordinarse a los dictados categóricos de la razón,
echar unos cuantos polvos, viajar, ver mundo, enamorarnos, y reír los chistes malos,
olvidando que todo lo que existe, todo lo que somos, es un liviano e insignificante despertar que no va a ninguna parte,
que somos tan fugaces como una brisa de verano,
tan inútilmente maleables como plastilinas de colores en manos de un niño pequeño,
condenados a irnos a dormir cuando acaben los dibujos animados.
* de la película "Lugares Comunes" de Adolfo Aristarain  Cada vez que me hablan de "La crisis", no puedo evitar recordar a aquel taxista cubano, que, entre carcajadas, nos contaba como se debe rebozar y freír una zapatilla
Habana vieja allá por el 89, decía...
Y aunque no nos dijo la proporción exacta de harina y de aceite vegetal, si contaba que a la hora de comérselas le echaban por costumbre,
un par de huevos.  Nos hicimos creer a base de un autoengaño complaciente que el tiempo todo lo cura, sin ser conscientes de que es precisamente nuestro enemigo más voraz, aquel que todo lo enferma en realidad. La única salida posible era tratar de escapar de sus fauces por momentos. Ningunearlo y hacerlo a un lado en un ejercicio de lucidez pragmática. Obviar su existencia y sus casillas cuando nos fuera posible:
en los brazos de alguna Venus, en un ataque espásmico de risas contagiosas con los amigos, o con el cigarro del café.
Momentos todos ellos finitos, para nuestras desgracias.
Además, para tan grandilocuente empresa debiamos huir de una cárcel infranqueable,
del nosotros mismos
Incapaces como eramos, de trazar ese plan de fuga que nos conviertiera en prófugos perfectos.  Te confieso que me abracé con fuerzas durante mucho tiempo a aquella, mi conjura personal, de que el estoicismo se adquiere a base de quemaduras de segundo grado,
a mis dogmas salvavidas y prefabricados de que a falta de gasolina, es el olvido el no va más de los corrosivos, y que siempre estaba de oferta lo más lejos posible de tu vera
Me abracé a toda esa clarividencia forjada a base de cervezas y dostoievskis
Me inventé todo ese subterfugio de la razón para aprender a sobrevivir sin ti
 Sometidos a la servidumbre de los pensamientos cruzados seguiremos condenados al murmullo de este roce de papel con la tinta demasiado adulterada y la polla en cabestrillo, por qué final se trata de nada, de todo y de lo de siempre, de fruncir un poco el ceño, de tener que apretar los dientes... y once.
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