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 Creo que fue a eso de los doce, que dejó de creer en Dios, y que un par de años después mató a su padre a los ojos del señor Freud.
Luego recién cumplidos los diecisiete su simiente fue pasto de un amor ingenuo. O sería quizá ese amor ingenuo, pasto de su simiente. El caso es que fue un mal polvo.
A los diecinueve se fue de casa, volando desde el cascarón hacía nuevos nidos de alquiler, con facturas siempre pendientes y cortes de electricidad por impago. Pero a menudo con una mochila de ´tapergüers´ a la espalda.
Pospuso la Universidad para más adelante al paso siempre difícil de la veintena y sus vientos de veletas, pospuso la Universidad para más adelante como una de esas novelas gordas, que se dejan postergadas para otro momento, para otro momento mejor que tal vez no llegue nunca.
El tabaco entretanto, y tal y como suele decirse, lo abandonó a menudo y para siempre.
También a Andrea, y también por parte de Andrea mediarían historias de abandonos. Hasta que con veinticinco otoños decidieron abandonarse mutuamente. Apostar a otro caballo perfecto, hacer las paces y dejar de correrse.
Cuando al tiempo y ya con ganas se hizo con su titulo de Humanidades, -falseado por el mismísimo Rey-, lo utilizó como Pasaporte y optó por dejar el país por curiosidad antropológica.
Eso haría que a su regreso decidiera que no necesitaba más el televisor en casa. Abandonándolo junto a una escombrera.
Y ahora, que es asquerosa y serenamente feliz habiendo abandonado hasta los espejos, se asoma a la treintena con ganas de partida.
Otra vez sin mecheros en los bolsillos, arrastrando sin prisas, pero con ganas los mismos zapatos viejos,
planeando nuevos abandonos;
y admite que sigue bebiendo a morro desde el tetrabrik, el zumo concentrado de naranja, intuyendo algo de virtuosismo en los posos de su inmadurez.
Y se encoge de hombros mientras lo piensa...  Otra navidad inmolándose al paso de alguna una iglesia nigeriana,
nuevos muertos engrosando la lista de los mismos muertos de siempre
como si al sur le sentará mejor la muerte que al norte,
y al norte le sentara mejor el turrón de Suchard
 Tal vez lo mejor sea despojarse de las emociones inútiles, sacudirse los miedos de baja intensidad empapar las derrotas en un líquido inflamable, mantenerse a 67 pulsaciones por minuto habrá entonces que relamerse el prepucio por costumbre y no tanto las heridas por defecto, recrearnos en el pasado solo el tiempo necesario para apuntalar un par de notas mentales, rescatar algún que otro verso ignífugo, arrojar otra cerilla ardiendo a cámara lenta cuidándonos en cualquier caso de olvidar que la vida es siempre celulítica, que todo Dios arrastra a su manera corazones impostados al borde de la boca, sueños increíbles que no hay quien se crea, delirios complacientes para mañana, que hoy se pudren en el Olimpo de cada azotea y aun a pesar de los romanticismos muertos podremos evitar un par de incendios venideros, aprendiendo a encajar los golpes con el estómago, endureciéndonos la corteza como pan de ayer, aspirando a más pero contentándonos con menos, persiguiendo realidades en vez de imposibles siempre sin pausa y siempre sin prisa aceptando que el dolor es inevitable solo mientras duele, y que la vida es un chiste malo con el que al menos echarnos a reír, sin esperar que la radio anuncie que por fin es viernes  Octubre me recoge en su regazo me resguarda entre las hojas caídas de mis cuadernos caducos de otros otoños más sibilinos si cabe, más venenosos todavía
Así que corre, ven y muérdeme las penas antes de que llegue la vendimía y se me marchiten parasiempre las ganas de lamerte.  Por más que me empeño en domarme a mi mismo,
que cojo y me entrego a las bondades de la sensatez, al deporte, la lectura, a la dieta mediterránea…
tarde o temprano siempre acabo por claudicar.
Por más que me enorgullezco de alicatarme mis días al gusto a golpes de perseverancia y a fuerza de escroto,
de sobrevivirle a tantas convenciones sociales sin tener que mercantilizarme,
por más que me crezco, acabo por ceder. Acabo por
caer.
Tal vez sea cosa de la doble hélice, de un desorden nucleótido, y una predisposición genética autodestructiva y canalla, pero por más que trato de evitarlo, cuando todo va demasiado bien necesito escapar de tanta pulcritud y enterrar las buenas costumbres.
Transformarme en instinto puro, hacer trampas hasta consumirme.
Y arrastrarte conmigo.  Padezco hoy un estatismo inquietante, una contradicción que siempre cae de canto, un diagnóstico más reservado que nunca
desprecio el ilusionismo por receta, la de todos esos prestidigitadores que desde su atril disfrazan de primaveras los otoños que se esconden en la manga
empatizo mejor con esas liebres atrapadas tras la escena, que no distinguen los martes de los viernes y se entregan a fornicios de chistera
me digo a mi mismo, que esto va de pragmatismos
que debería aprender a conjugar las recaidas con el equilibrio, pero me vengo abajo a la media hora y cambio de estrategia por temor a la medianoche
así que me presto a las respuestas fáciles, al mutismo ajeno y a la codeína, a reprogramar mi alma en modo verbena
a mantenerme a fin de cuentas, lejos del alcance de mis propias balas  La melancolía es un payaso triste,
una amante turbia y peligrosa,
un preterito sugerente e imperfeco que te secuestra y te retiene dentro de ti mismo.
La melancolía es un disparo del pasado,
un simulacro de verdades que hoy desde luego, no te convienen.  La gente por lo general se va acostumbrando a paladear el sabor de sus derrotas.
Empiezan por decirse aquello del “¡Bueno! Es solo por un tiempo, hasta que encuentre algo mejor”
Un trabajo más gratificante, una novia más atenta, unos amigos más afines. Un perro que no se mee al bajarlo por las escaleras.
Una vida que nunca llega si uno no está dispuesto a magullarse un poco...
Y con el tiempo muchos se van borrando. Apagándose como la lumbre de las candelas.
Bajan los brazos resignados y postergan para siempre la lucha contra sus circunstancias.
Caminando como lemmings hipnóticos hacia el otro lado de la pantalla.
Y en el peor de los casos, enorgulleciéndose en sociedad de la ingente cantidad de mierda con la que han acabado por sepultar al niño que llevaban dentro.  Sostén esa sonrisa. Sostenla mientras puedas sin titubear.
Y cuando te veas de nuevo envuelto en calma. Cuando la vida burlona e indescifrable como siempre es, se postre sumisa a tus pies dejándose asir de la cintura. Relájate. Y disfrútalo.
Antes de que vuelva ELLA disimulando la vergüenza y los silencios, con aires de ciclón. Robándote la paz, las horas y la cazadora.
Sostén esa sonrisa cabrón, que estas de enhorabuena.
Al menos a estas alturas sabes que tan solo se trata de escribirle a las ausencias para apaciguar la caída.
De dormir un poco y pasar página.  No hay grandes verdades,
no hay premio final (ni de consolación tampoco), no hay ideologías que no adolezcan de si mismas, ni dioses, ni más milagro que el de lo improbable,
no hay segundas oportunidades, porque en realidad, no hay siquiera primeras oportunidades;
no existe filantropia que aguante más de tres asaltos sobre la lona,
hay muy poco amor y demasiado romanticismo,
naúseas pandémicas disfrazadas de autocomplacencia por doquier,
suicidas y sicarios compartiendo la mesa,
civilizaciones enteras brindándose "¡Salud!" con copas de cicuta.
En realidad no hay demasiado por lo que valga la pena partirse la cara, y tal vez sea esa una buena razón para intentarlo...
Tal vez no...
No hay grandes verdades.  Uno sabe, pero se olvida de que sabe, que nada es para siempre*
Y esa es la única artimaña posible para sobrevivir sin subordinarse a los dictados categóricos de la razón,
echar unos cuantos polvos, viajar, ver mundo, enamorarnos, y reír los chistes malos,
olvidando que todo lo que existe, todo lo que somos, es un liviano e insignificante despertar que no va a ninguna parte,
que somos tan fugaces como una brisa de verano,
tan inútilmente maleables como plastilinas de colores en manos de un niño pequeño,
condenados a irnos a dormir cuando acaben los dibujos animados.
* de la película "Lugares Comunes" de Adolfo Aristarain  Cada vez que me hablan de "La crisis", no puedo evitar recordar a aquel taxista cubano, que, entre carcajadas, nos contaba como se debe rebozar y freír una zapatilla
Habana vieja allá por el 89, decía...
Y aunque no nos dijo la proporción exacta de harina y de aceite vegetal, si contaba que a la hora de comérselas le echaban por costumbre,
un par de huevos.  Nos hicimos creer a base de un autoengaño complaciente que el tiempo todo lo cura, sin ser conscientes de que es precisamente nuestro enemigo más voraz, aquel que todo lo enferma en realidad. La única salida posible era tratar de escapar de sus fauces por momentos. Ningunearlo y hacerlo a un lado en un ejercicio de lucidez pragmática. Obviar su existencia y sus casillas cuando nos fuera posible:
en los brazos de alguna Venus, en un ataque espásmico de risas contagiosas con los amigos, o con el cigarro del café.
Momentos todos ellos finitos, para nuestras desgracias.
Además, para tan grandilocuente empresa debiamos huir de una cárcel infranqueable,
del nosotros mismos
Incapaces como eramos, de trazar ese plan de fuga que nos conviertiera en prófugos perfectos.  Te confieso que me abracé con fuerzas durante mucho tiempo a aquella, mi conjura personal, de que el estoicismo se adquiere a base de quemaduras de segundo grado,
a mis dogmas salvavidas y prefabricados de que a falta de gasolina, es el olvido el no va más de los corrosivos, y que siempre estaba de oferta lo más lejos posible de tu vera
Me abracé a toda esa clarividencia forjada a base de cervezas y dostoievskis
Me inventé todo ese subterfugio de la razón para aprender a sobrevivir sin ti
 Sometidos a la servidumbre de los pensamientos cruzados seguiremos condenados al murmullo de este roce de papel con la tinta demasiado adulterada y la polla en cabestrillo, por qué final se trata de nada, de todo y de lo de siempre, de fruncir un poco el ceño, de tener que apretar los dientes... y once.  Por fin se van acabando los trámites y los protocolos de esta abyecta división administrativa del calendario. Se acabo la tregua, volvamos a las trincheras. A los ombligos. El que esté libre de pecado que queme la primera piedra, que cambie de canal, que pase página y frunza el ceño.
Que le va a dar igual.
Los resortes siguen ahí esperando ser activados: la nostalgia agazapada en estribillos tristes, la lujuria ajustándose el liguero, mordiendose el labio, los miedos sacando pecho desde el fondo del cajón, las vergüenzas maquillándose en espejos ajenos.
Todo en su sitio, como lo dejamos al cerrar la puerta.
Arderán otras equiscientas hectáreas a finales de junio, y la vecina del séptimo seguirá cada segundo lunes del mes buscando en las estanterías del Alcampo su marca de champú. Extractos de rosas salvajes del Sahel, para revitalizarse el alma.
Todos quieren dejar de ser esclavos de si mismos, de repente. Del tráfico y de la grasa. Barrer con la inercia y el empirismo. Encontrar esa fórmula arcana que pone a cero los relojes, espoleandose las cabalgaduras hasta hacer sangrar la crin. Sin comprender, que para llegar un poco más lejos, a veces es necesario retroceder demasiado.
Y arde Troya cada año, con la misma cancioncilla de fondo. La mismas cajas de música, la bailarina de mirada triste, los pies cansados de girar, y girar, siempre hacía el mismo lado, y esa sensación infinita del no llegar nunca a ninguna parte.
Año nuevo, vida nueva. Una y otra vez, hasta que se oxide el engranaje o echemos a volar. "El escéptico quisiera sufrir, como los demás, por las quimeras que hacen vivir. No lo consigue: es un mártir de la sensatez" E. Cioran
Confieso que he cambiado Ahora que me he declarado apátrida por vocación, echo de menos las tostadas con aceite de oliva y sal, y de un tiempo a esta parte me enciendo los cigarros con cerillas
Habiéndome abandonado al hedonismo de la indiferencia transito distraido por estas aceras que ya no sueñan con baldosas y si me atracan a punta de pistola, sonrio y doy los buenos días, cuan acérrimo cliente de un plan de pensiones haciendo cola en la sucursal
Y abandonando la busqueda de la felicidad por no desgastarme, confieso que a ratos fuí un poco más feliz de lo que nunca sería Abrirse las venas al cerrar los ojos y sangrar palomas muertas... al escribir sin tabaco se dispara la incoherencia, se ignoran los acentos,
hordas de ignorantes que ni siquiera ansian saber la magnitud de lo que ignoran,
Darwin tenía razón en cuanto al dualismo indivisible de la eterna lidia del ser con su entorno, adaptarse o morir, Simba es el rey de la selva, Hakuna Matata, degollemos a una cebra...
Adam Smith fue malinterpretado adrede, y se quedarón con la mano invisible del mercado que es la misma que mece la cuna con tanta fuerza que asolan terremotos en América Latina
No hablo yo, hablan mis pupilas inyectadas en rabia porque hay cosas que uno no quisiera saber, pero las sabe, como que una vaca en Europa recibe más dinero para subsistir que un subsahariano, pero no te escandalices, tan solo tenlo presente cuando te bebas un vaso de leche, ya lo decía Nietzsche "no soy tan grande como para no ser como soy pero lo suficientemente grande para no renegar de serlo" aunque en realidad versaba más sobre los vicios y reconocerlos
Y Maquiavelo, a falta de princesas, lo único que pretendía era contar un cuento pero se le fue la mano... "Una conciencia demasiado clarividente es una enfermedad" me susurra a los ojos Dostoyevsky en el tren de cercanias mientras me mira con desprecio un niñato de unos veinte años que saca brillo con la manga al simbolo plateado de sus deportivas
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