Úlceras
de afrontar melancolías y nostalgias.
De librar batallas perdidas.
Como si se tratase de un fraternal instinto suicida
que atenuado te redime del presente,
pero que no lleva a ninguna parte.
Es esa absurda culpabilidad esteril que cargamos
sobre el hombro de manera irracional,
con los ojos vendados,
cuando giramos la cabeza hacia detrás,
o proyectamos una mirada irreversible hacia dentro
que va más allá de los pulmones,
el pancreas o el duodeno.
Y que aun así nos acaba por diagnosticar
algún que otro tipo de úlcera subcutanea.
Úlceras en el orgullo, en el amor propio, en la conciencia...
Úlceras producidas a menudo por algún desengaño
Existen mil formas de automedicarse ante esta extraña,
pero común enfermedad, de sueños consumados y recuerdos sangrantes.
Hay quien opta por atiborrarse de ejercicios de soledad,
de botellas de Jack Danields, de Prozac o Rivotril.
Otros tantos optan por embriagarse por la compañia constante,
por Paulho Coelho y su país de las piruletas,
por Bucay y su sentenciosa moral de cuentos infantiles para adulteros.
Está quien escoge acuchillar el silencio
con un disco de Pink Floyd,
con un solo de trompeta de Chet Baker,
con el blues rancio de Muddy Waters o Howlin Wolf,
con la quinta sinfonía de Bethoven,
con los redobles de campanas..
En función de la receta se vuelve uno mas o menos
sociapata, risueño, retraido, lúcido, ignorante, alcoholico o vencido...
Pero, lo quieran o no cada uno sigue cargando en la cotidianeidad,
con esas úlceras del pasado que te perforan el futuro
Úlceras, a fin de cuentas, en el corazón, que algún día acabaran por matarnos...